dimecres, 5 de novembre de 2014

'Los girasoles ciegos' (Anagrama), de Alberto Méndez


Los cuatro relatos que forman el primer y único libro de Alberto Méndez, Los girasoles ciegos, están ambientados en la Guerra Civil Española, aunque su universalidad podría ubicarlos en cualquier otro país o conflicto. Porque lo que Alberto Méndez relata no es otra cosa que el efecto devastador que ejercen los conflictos en el alma, en el cuerpo, incluso en la memoria. Es por eso que el autor titula a cada una de estas historias ‘derrota’ y, además, las convierte en una especie de testamento que nos alerta de la degradación que acompaña a cualquier guerra.


La primera de las derrotas  nos enfrenta al hundimiento, a la profunda desesperanza de un soldado vencedor que no encuentra consuelo en la victoria. Invadido por una especie de lucidez que los demás consideran malsana, se entrega al enemigo herido por la certeza de saber que no hay triunfo posible.

La segunda derrota es, para mí, la más estremecedora. Es la supervivencia aferrándose a lo imposible, a una brizna de calor y a unas trazas de alimento. A través de las palabras del propio protagonista evocamos una historia de muerte y vida. En este orden. Un relato que si no fuese tan terrible sería hasta absurdo: un mundo estéril que acoge un nacimiento, un cuerpo que agoniza para dar a luz y, en ese entorno yermo y desalmado, la supervivencia irracional que parece alimentarse de su propio miedo.

La tercera derrota trata de la impostura, una actitud que también contiene algo de desesperación. Y es que el protagonista de esta historia va alargando sus días valiéndose del hecho de haber conocido al hijo del presidente del tribunal que le juzga. Día tras día elude a la muerte incluyendo en sus declaraciones alabanzas a ese hijo fallecido que, en realidad, fue un infame.

La cuarta y última derrota es la que da título al libro, Los girasoles ciegos. Es una historia de silencio, opresión y miedo. Un relato visto desde diferentes ángulos e, incluso, perspectivas temporales: la del narrador (omnisciente y atemporal), la del niño (que escribe de adulto) y el del diácono (en forma de cartas escritas en el mismo momento que se relata). Esta historia es, quizás, la más compleja, porque recoge distintas maneras de ver el mundo. En una época de represión en la que las palabras condenan y los hechos aún más, el pensamiento sencillo y limpio del niño empatiza con el del lector. Contrapuesto a este, el del diácono representa el pensamiento perverso y el comportamiento manipulador.

Todas estas derrotas tienen ciertos puntos de encuentro, personajes comunes, tragedias compartidas, que ayudan a dar verosimilitud a unas historias que son, como he dicho, universales. Con Los girasoles ciegos Alberto Méndez nos ha hecho un regalo de genialidad, por su estilo incomparable y por su sensibilidad certera que logra estremecerte hasta la médula.


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