dimecres, 3 de desembre del 2014

‘Desig de xocolata’ (Planeta), de Care Santos



Setze bocins de porcellana blanca de mides i formes diferents i un tub de pega «d’aquella que ho enganxa tot».”

Amb aquesta frase s'inicia el primer capítol de Desig de xocolata, una clara al·lusió als trencaclosques que evidencia el paral·lelisme entre aquest joc i l'estructura de la novel·la. Perquè el relat sencer no és altra cosa que un exercici consistent a recompondre, fragment a fragment, el recorregut d'un objecte al llarg dels anys.

Care Santos. Foto: La Vanguardia.
La peça esmicolada que es descriu en el primer paràgraf és una vella xocolatera, i allò que oculten les seves pèrdues, les seves esquerdes i el seu trencament són els oblits, les negligències i les fatalitats d’aquells qui la van posseir. Totes aquestes vicissituds que han quedat impreses en la seva pell de ceràmica són, precisament, les que vertebren l'argument. Desentranyant el sentit de cadascuna d'aquestes senyals es reviuen les peripècies que han fet possible que la xocolatera arribi fins a un pis del barri de la Rivera de la Barcelona d'avui, concretament a una estança on un dels personatges de la novel·la intenta fer encaixar tots els trossos en què ha acabat transformada.

Com si es tractés d'una projecció en retrospectiva l'autora, Care Santos, ens descriu alhora el final i el principi. Comença mostrant una primera escena de reconstrucció de l'objecte fragmentat per, tot seguit, iniciar un pla que retrocedeix, rebobinant les seqüències fins situar-nos en l'origen de l'acció.

Però aquest recular en el temps no és exactament lineal. La primera part de la novel·la recupera la història dels últims propietaris a través de parèntesi temporals en què s'alterna el present amb els anys previs a les Olimpíades. La segona s'inicia a la fi del segle XIX per, de seguida, fer irrompre un flashback que retarda el rellotge més de quatre dècades. A la tercera part, que se situa al segle XVIII, és quan els fets se succeeixen d'una manera més cronològica excepte en el final, quan apareix l'últim flashback en una escena que és, de fet, el començament de la gran aventura de l’objecte protagonista.

Decoració per a la presentació de
'Desig de xocolata' a Pastisseries Falgueras.
Tots aquests relats, a part del vincle comú de la xocolatera i, per extensió, del món de la xocolata -que s'imagina, s'olora i, fent honor al títol, es desitja-, tenen també com a punts en comú la ciutat de Barcelona i l’òpera. Les referències a llocs i personatges de la capital catalana són tan freqüents com les cites i metàfores operístiques. Això contribueix a enriquir el text, ja prou lluït gràcies a la combinació de recursos narratius que exhibeix l'autora en les tres parts de la història. A la primera hi trobem un narrador omniscient, en la següent la narració en segona persona, i en la tercera la narrativa epistolar. Veus molt dispars per accentuar el fet que expliquen vides del tot diferents. Unes vivències esvaïdes en el temps, però que han deixat la seva empremta en la vella xocolatera.

Desig de xocolata és un viatge a tres èpoques històriques en les que s’ubiquen tres relats molt diferents protagonitzats per personatges intensos i molt, molt vitals. Una novel·la coral hàbilment executada per una autora acostumada a reviure persones reals i a fer de carn i ossos les fictícies. I en aquesta aventura temporal totes elles, verídiques i imaginades, actuen mogudes per la mateixa passió encarnada en el seu ardent desig de xocolata.

dilluns, 17 de novembre del 2014

‘Jezabel’ (Salamandra), de Irène Némirovsky


Desde que la descubrí, hará unos cinco años, esta escritora de origen ucraniano y alma francesa no deja de alimentar mi admiración por su obra y mi fascinación por su estilo. Aún arriesgándome a incurrir en el sentimentalismo, no puedo evitar comentar que cada vez que termino uno de sus libros me asalta la rabia y la pena por el funesto final que tuvo: una doble tragedia humana y literaria. Su deportación a Auschwitz, donde murió  de tifus, añadió una víctima más al horror nazi y privó a la literatura de una de sus voces más sensibles y creativas.

Irène Némirovsky era ya una escritora consagrada antes de que el Holocausto infectase Europa. David Golder y El Baile, sus dos primeras novelas publicadas, se ganaron el reconocimiento tanto de los lectores como de otros escritores, algo muy comprensible teniendo en cuenta la elegancia de su escritura certera y sencilla, y la profundidad lúcida de su mirada. Una literatura sin artificios, pero dotada de una gran precisión para la crítica y el análisis de la sociedad y de las personas.

Némirovsky publicó Jezabel en 1936, cuando su prestigio como escritora estaba plenamente consolidado. Al igual que en obras anteriores, la autora utiliza su propia experiencia para construir un elaborado retrato intimista que pone en evidencia las carencias de la sociedad en general y de la clase alta en particular. Sin embargo, aún teniendo en cuenta el detallismo con el que analiza los entresijos tanto del individuo como del colectivo, sus historias están escritas con una prosa fluida, de una intensidad casi poética, que atrapa y embelesa. Una escritura que recuerda la sencillez hermosa de los haikus japoneses, instantáneas de momentos que captan la profundidad del mundo en su fugacidad.

Jezebel, por Byam Shaw.
Jezabel es una novela muy breve que se inicia con unas pinceladas de género negro. Una dama de la alta sociedad se sienta en el banquillo acusada de asesinar a su joven amante.  Pero lo que parece una novela detectivesca lo es sólo en la forma y únicamente en las primeras páginas. Enseguida la acción retrocede y nos sitúa en el principio del personaje o, mejor dicho, en el comienzo de su obsesión que es lo que marca su condena final.

Aunque el nombre de la protagonista no coincide con el título del  libro, hay  una clara voluntad de la autora de que la relacionemos con la malvada reina fenicia que aparece en la biblia. Una mujer cuyo nombre se asocia a la promiscuidad y a la perfidia. A pesar de que el relato nos la muestra compungida y derrotada durante el juicio, la irrupción del pasado en la historia  trae a una Jezabel joven, en un momento crucial que  la define y hace intuir cual va a ser su actitud en el futuro.

A partir de aquí, la obsesión de la protagonista se erige en una crítica a una sociedad eclipsada por la juventud y la belleza. Un mundo que antepone la estética a cualquier otro valor y que la autora conoció bien al ser hija de un banquero. De hecho, se ha querido ver en Jezabel el reflejo de su propia madre, una mujer egocéntrica y superficial que jamás mostró afecto por su hija.

Una vez más, Irène Némirovsky se vale de un personaje concreto para retratar la impostura que reina en la alta sociedad. Despojándola de sus artificios, la autora revela la mezquindad que se oculta bajo sus elegantes vestimentas y sus frases lisonjeras. Un universo de aparente poder que, no obstante, nada puede contra lo inevitable.

dimecres, 5 de novembre del 2014

'Los girasoles ciegos' (Anagrama), de Alberto Méndez


Los cuatro relatos que forman el primer y único libro de Alberto Méndez, Los girasoles ciegos, están ambientados en la Guerra Civil Española, aunque su universalidad podría ubicarlos en cualquier otro país o conflicto. Porque lo que Alberto Méndez relata no es otra cosa que el efecto devastador que ejercen los conflictos en el alma, en el cuerpo, incluso en la memoria. Es por eso que el autor titula a cada una de estas historias ‘derrota’ y, además, las convierte en una especie de testamento que nos alerta de la degradación que acompaña a cualquier guerra.


La primera de las derrotas  nos enfrenta al hundimiento, a la profunda desesperanza de un soldado vencedor que no encuentra consuelo en la victoria. Invadido por una especie de lucidez que los demás consideran malsana, se entrega al enemigo herido por la certeza de saber que no hay triunfo posible.

La segunda derrota es, para mí, la más estremecedora. Es la supervivencia aferrándose a lo imposible, a una brizna de calor y a unas trazas de alimento. A través de las palabras del propio protagonista evocamos una historia de muerte y vida. En este orden. Un relato que si no fuese tan terrible sería hasta absurdo: un mundo estéril que acoge un nacimiento, un cuerpo que agoniza para dar a luz y, en ese entorno yermo y desalmado, la supervivencia irracional que parece alimentarse de su propio miedo.

La tercera derrota trata de la impostura, una actitud que también contiene algo de desesperación. Y es que el protagonista de esta historia va alargando sus días valiéndose del hecho de haber conocido al hijo del presidente del tribunal que le juzga. Día tras día elude a la muerte incluyendo en sus declaraciones alabanzas a ese hijo fallecido que, en realidad, fue un infame.

La cuarta y última derrota es la que da título al libro, Los girasoles ciegos. Es una historia de silencio, opresión y miedo. Un relato visto desde diferentes ángulos e, incluso, perspectivas temporales: la del narrador (omnisciente y atemporal), la del niño (que escribe de adulto) y el del diácono (en forma de cartas escritas en el mismo momento que se relata). Esta historia es, quizás, la más compleja, porque recoge distintas maneras de ver el mundo. En una época de represión en la que las palabras condenan y los hechos aún más, el pensamiento sencillo y limpio del niño empatiza con el del lector. Contrapuesto a este, el del diácono representa el pensamiento perverso y el comportamiento manipulador.

Todas estas derrotas tienen ciertos puntos de encuentro, personajes comunes, tragedias compartidas, que ayudan a dar verosimilitud a unas historias que son, como he dicho, universales. Con Los girasoles ciegos Alberto Méndez nos ha hecho un regalo de genialidad, por su estilo incomparable y por su sensibilidad certera que logra estremecerte hasta la médula.


divendres, 31 d’octubre del 2014

‘14’ (Anagrama), de Jean Echenoz


La elegancia tiene mucho que ver con la sencillez y con la armonía.  La dosis justa de exquisitez y la proporción equilibrada del ornato son atributos necesarios para que la distinción haga acto de presencia donde quiera que sea. Es el caso del estilo narrativo de la última novela del escritor francés Jean Echenoz, 14, un relato con una cadencia tan sencilla como armoniosa, que se acompaña de una prosa genuinamente elegante.

En 14 la intensidad se alía con la brevedad para explicar una gran gesta vertebrada en poco más de cien páginas, un centenar de hojas en las que se condensa la tragedia. Ya el título nos remite a esa reducción, dos cifras que evocan un lustro de guerra, numerosas batallas, innumerables muertos…. Y, sin embargo, lo relevante puede reducirse a eso: una cifra, un gesto o un sentimiento. Es lo que pretende el autor, consumir, como consume la pena o el dolor, para llegar hasta la esencia. Y en esa sustancia primera el autor ofrece el drama descarnado, sin descripciones, sin emoción, sin anestesia. El horror sin otro atavío que la constatación de que existe, en cualquier día, en cualquier hora, y que puede irrumpir (como sucede en la novela) una soleada mañana de agosto de regreso de una excursión en bicicleta.

Echenoz resume la experiencia de cuatro amigos en la Primera Guerra Muncial para narrar como serán, una vez acabada, sus destinos truncados. Sin ahondar en el sentimiento, recrea la sensación profunda de absurdidad, de incomprensión, que despierta el conflicto. Muy lejos del sentimentalismo, el autor se instala en la lucidez para mostrarnos cuánto hay de incoherente en la guerra. Una visión tan fría como certera que muestra lo que supuso en la psique de los soldados un conflicto de la magnitud de la Gran Guerra. No en vano fue entonces cuando se generalizaron las observaciones de trastornos neuropsiquiátricos llamados ‘neurosis de guerra’.

14 es una especie de fábula sobre la tragedia, la crónica de un dolor explicado desde una perspectiva inquietantemente realista. Por eso las palabras se condensan para evocar el silencio que sigue a todos los desastres. Una obra certera.

dilluns, 20 d’octubre del 2014

'La ciudad de los prodigios' (Seix Barral), de Eduardo Mendoza

Erigida entre la crónica y la fábula, esta asombrosa novela mezcla la realidad y la ficción de una época que se sitúa en una Barcelona sórdida en la que empieza a aflorar el cosmopolitismo.

Según explica el propio autor en las notas de la reedición de 2001, empezó a escribir La ciudad de los prodigios en 1976, poco después de que apareciese su primera novela: La verdad sobre el caso Savolta. Eduardo Mendoza cuenta que empezó a escribirla fuera de su Barcelona natal, epicentro ambiental del argumento, pero que la rescató una vez instalado en la Ciudad Condal y la reescribió siendo finalmente publicada en 1986 por la editorial Seix Barral. 

Puesto que la trama tiene lugar en el período transcurrido entre las dos exposiciones universales celebradas en Barcelona,  el 1888 y el 1929, se puede pensar que se trata de una novela histórica pero no es así. De hecho, Mendoza ya advierte en el prólogo que se trata de una transcripción de la memoria colectiva de una generación de barceloneses. El resultado es una crónica novelada que retrata la evolución de una sociedad hasta alcanzar su desarrollo industrial, económico y social. Este proceso se narra a través de la singladura vital del protagonista, Onofre Bouvila, quien llega desde un pueblo primitivo y rústico de la Cataluña profunda a una bulliciosa y caótica Barcelona que justo inicia su camino hacia la industrialización. 

Exposición Universal 1888. Arxiu Fotogràfic de Barcelona.
Las primeras páginas muestran al jovencísimo Bouvila como la encarnación de los integrantes de las clases sociales más humildes. Acuciado por la miseria, el chico se ve obligado a avivar su ingenio  para desenvolverse en una ciudad ahogada en la pobreza y en las privaciones. No obstante, pronto se da cuenta de que el empeño y la astucia no son suficientes para alcanzar las metas que se ha propuesto y enseguida da rienda suelta a su falta de escrúpulos. Su ambición, su frialdad y su impiedad le catapultan hacia el éxito económico convirtiéndole en uno de los hombres más ricos e influyentes tanto de Cataluña como de España.

Esta historia de ascensión financiera arranca durante la época de construcción de las instalaciones destinadas a la Exposición de 1888, cuando Onofre se hace repartidor de folletos anarquistas. Su vinculación con esta filosofía económica y social sólo se basa en la necesidad del joven de obtener unos ingresos, ya que a él no le interesa ni el Estado ni la clase obrera: sólo le mueve su propio egoísmo y el deseo de hacerse rico. Con esta idea en mente, se hace vendedor de crece pelos hasta que consigue introducirse en el turbio mundo de los negocios ilegales y de allí a la especulación inmobiliaria.

Exposición Internacional 1929. Arxiu Fotogràfic de Barcelona.
En este recorrido vital no sólo vemos cómo despierta una ciudad que se abre urbanísticamente y que se desarrolla como centro económico, político y social; vemos también un heterogéneo reparto de personajes, algunos reales y otros ficticios, cuyas personalidades e historias se entrelazan en la trama convirtiéndola en una obra coral que fluye entre lo novelístico y lo anecdótico. De esta manera, aparecen figuras pretendidamente históricas pero que no lo son, hechos que se transforman en leyendas y mitos que nacen de una voluntad fabuladora para mostrar una Barcelona más libresca que histórica.

Gracias a todos estos elementos, argumentales y estilísticos, Mendoza consiguió con La ciudad de los prodigios consolidar su prestigio literario. Su imaginación desbordante se une en este libro a su habilidad para barajar diversos géneros ofreciendo una obra en la que podemos encontrar novela negra, histórica, folletinesca y hasta fantástica. Pero, sobre todo, despliega una prosa evocadora, muy rica y, sin embargo, sencilla que enaltece hasta lo misérrimo.   

dilluns, 13 d’octubre del 2014

‘Sanshiro’ (Impedimenta), de Natsume Sōseki


Hace aproximadamente seis años que descubrí al autor de este libro, Natsume Sōseki, cuando su novela Botchan fue galardonada con el Premi Llibreter. Esta obra me sorprendió mucho por su frescura y, sobretodo, por lo actual de su discurso teniendo en cuenta que fue escrita a principios del siglo XX. Sin embargo, aunque me entusiasmó su lectura no ha sido hasta hace poco que he vuelto a perderme en otra de sus novelas: Sanshiro (1908), que está considerada como un puente entre sus dos obras maestras: Botchan (1906) y Kokoro (1914).

El estilo narrativo de Sanshiro mantiene esa fresca elegancia, sencilla y rica a la vez, que evidencia la destreza de Sōseki como haijin (autor de haikus). No obstante, la historia tiene un carácter mucho más introspectivo que Botchan. El escritor recrea no sólo un mundo cambiante, que se occidentaliza a medida que los tiempos avanzan, sino, también, a unas personas que tratan de adaptarse a ese entorno que se va definiendo. Y es justo en ese ambiente híbrido donde el protagonista, Sanshiro, se erige como el testigo de un cambio que socava tanto lo social como lo personal. Puesto que, además, proviene del medio rural (de donde se ha mudado para instalarse en Tokio), Sanshiro se convierte en una especie de símbolo en el que convergen tradición y progreso.

El detallismo que impregna toda la obra, con sus minuciosas descripciones de ambientes y gestos, con sus precisas reflexiones y con sus acertados diálogos, otorgan a la narración un calado profundo y ligero al mismo tiempo. Porque Sōseki se vale de la nitidez de las palabras para iluminar con ellas nuestra comprensión. Es curioso que uno de los personajes de la novela sea un pintor porque, en cierto modo, hay mucha estética en su narración. Y no sólo en un sentido bello o armónico,  sino en un sentido interpretativo ya que las escenas que describe son como retablos que representan o ejemplifican.

Sanshiro es una novela que relata la gestación del Japón que conocemos ahora. El retrato, a través de sus personajes, de la metamorfosis que experimentó la mentalidad de la sociedad japonesa al entrar en el occidental siglo XX. Una obra bellísima que demuestra lo universal del pensamiento y del sentimiento humano.

dilluns, 6 d’octubre del 2014

‘Sa i català’ (Ara Llibres), d’Albert Calls


Aquest llibre aplega una bona part dels aliments autòctons de Catalunya i dóna informació sobre les seves característiques, com cuinar-los, curiositats i, fins i tot, ens parla dels seus beneficis sobre la salut.

Partint de la feina feta per entitats, productors, gastrònoms i comerciants al llarg dels anys, l’autor ha sintetitzat el més rellevant de cada producte per descobrir-lo i destacar allò que el fa diferent o especial. A banda de gran estrelles com el calçot de Valls o la ceba de Figueres, trobem interessants descobertes com la carbassa de ferro, el cigronet d’Alta Anoia, la patata de Camprodón o la pera de Puigcerdà, entre molts d’altres.

Així, a mida que ens endinsem en el llibre ens adonem de tot el que hi ha darrera de cada producte, de com el pas del temps ha afectat la pervivència d’alguns i la feina que han hagut de fer molts conreadors i restauradors per aconseguir que no desapareguessin per sempre de les seves hortes.

Sa i català té una voluntat divulgativa però, també reivindicativa de tot l’esforç que s’ha fet i que encara es fa per mantenir l’herència agrícola i ramadera del nostre territori. Perquè els fruits de la terra són hereus de les particularitats de cada àrea geogràfica, però la tradició és qui ha acabat de formar la seva idiosincràsia.

La primera presentació del llibre es fa aquest divendres, 10 d’octubre, a les vuit del vespre a La Botigueta, a Vilassar de Mar. L’acte, que organitza la llibrería Índex, comptarà amb la presència de l’autor, Albert Calls, i del metge, escriptor i conferenciant, Albert Figueres, que ha col·laborat supervisant l’apartat de salut de Sa i Català.