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dimarts, 9 de setembre del 2014

‘Cuando nos vamos ¿A dónde vamos?’ (Círculo Rojo), de Isabel Rodríguez Vila


La mort és, potser, la qüestió que més dubtes, pors i debats ha suscitat des de l’albada dels temps. Hi és present a totes les cultures que l’han tractat de maneres ben diverses i, hores d’ara, encara continua sent un misteri que cadascú interpreta a la seva manera. Aquest procés va acompanyat d’un sèrie de ritus i pràctiques però, també, de sensacions. I és aquí, a la part més intangible, on la mort pren un sentit diferent per a cada persona. 

Per tal de poder suportar la càrrega emocional que comporta, hi ha hagut autors que han plasmat les seves experiències en llibres tan i tan famosos como els d’Elisabeth Kübler-Ross (La mort una aurora) o Raymond Moody (Vida Després de la Vida). Aquest llibres i d’altres relacionats amb aquest tema són ben coneguts per  la fotògrafa, infermera i cooperant, Isabel Rodríguez Vila,  que aporta una nova visió d’aquest fet transcendental al seu llibre Cuando nos vamos ¿A dónde vamos? 

Però aquesta no és la primera incursió en l’escriptura de Isabel, narradora incansable de tot allò que viu i lluitadora tenaç en la batalla per millorar el món. El 2009 ja es va aventurar a escriure l’obra Goundi. Unas vacaciones diferentes, on plasmava la seva experiència solidària en l’África subsahariana. Tres anys més tard va publicar Descubriendo el corazón de la tierra, un relat sobre set viatges a diferents llocs del món que incidia encara més en l’enfocament personal i transcendit de les seves vivències.

Els tres llibres apareguts fins ara són fruit de la seva vinculació amb el Chad, país de l’Àfrica Central on desenvolupa la seva tasca solidària des de fa 22 anys. Una feina que va cristal·litzar el 2003 amb la fundació de l’associació Misión y Desarrollo para Goundi de la que és vicepresidenta. És per això que els beneficis obtinguts de la venda dels llibres que escriu van destinats a la creació o millora d’infraestructures sanitàries a la regió.

Cuando nos vamos ¿A dónde vamos?,  l'obra més recent de Rodríguez Vila, va aparèixer el passat mes de gener i ja porta dues edicions. En aquest llibre l’autora aparca per un moment la seva missió a Goundi i furga en els seus records, per tal d’oferir una visió de la mort que aplega el seu propi cicle vital. Així, al llarg de les pàgines se’ns mostra la vivència del traspàs des dels ulls de la nena, de l’adolescent, de la mare, de la filla, de la neboda... una perspectiva que no és només la dels anys, sinó la dels vincles afectius i, fins i tot, la de la creença. 

Cada capítol s’inicia explicant  una mort diferent: de persones grans i joves, amb diferents graus de parentiu; després, a partir de cada circumstància, l’autora basteix una reflexió que sovint ofereix consells basats en la seva formació, experiències i sentiments. El resultat és una obra de fàcil lectura que ens remet a situacions similars i que esperona no només el pensament sinó, també, l’espiritualitat.


Amb aquest llibre he après però, sobretot, m’he commogut. Perquè la Isabel escriu d'una manera tan propera, tan generosa, que et fa empatitzar amb tot allò que explica. És capaç de compartir estats d'ànims i percepcions, de manera que et sents partícep i veus reflectir-se en les seves paraules pors antigues i noves percepcions.

Cuando nos vamos ¿A dónde vamos? m'ha demostrat que la vitalitat de la Isabel ni tan sols la frena la mort, al contrari, és el ressort que la impel·leix a continuar treballant, a continuar creixent. És per això que em fa una gran il·lusió participar en la presentació del llibre que tindrà lloc a la Biblioteca Ilturo de Cabrera de Mar. Serà el proper 19 de setembre, a las set de la tarda, i ella mateixa parlarà d'aquesta nova aventura, la més agosarada i la més personal. 




dimarts, 2 de setembre del 2014

Aquellas lecturas estivales V: ‘La casa de los espíritus’, de Isabel Allende



Hubo un tiempo en que una de las antepasadas de CatalunyaCaixa, la Caixa d’Estalvis de Catalunya, regalaba libros. No sé si lo hacía para obsequiar a sus clientes por Navidad o si era en motivo de Sant Jordi, puesto que en aquella época no se celebraba el Dia del Llibre como ahora y apenas éramos conscientes de la efeméride.  El caso es que en un momento determinado aparecía mi madre, que era la que iba a ‘La CAIXA de tots’, con un libro obsequiado por la entidad.

Entre las obras que llegaron a nuestras estanterías de este modo se encuentra La casa de los espíritus, una novela que me sorprendió y rompió muchos de mis esquemas en cuanto a literatura. Lo primero que me llamó la atención fue la portada: la imagen de una mujer con el pelo verde destacando sobre un fondo blanco. El título ocupaba gran parte de la tapa, escrito con letras grandes y llamativas, y la dama peliverde tenía una mirada bastante perturbadora. Aún así, sin saber de qué iba y pasando por alto la aprensión que me provocaba sospechar que se tratase de una novela de terror (género que no me atrae demasiado), me arriesgué a leerla.

Ya las primeras páginas consiguieron atraer mi atención y despertaron mi asombro. El lenguaje soñador e inspirado, las imágenes evocadoras, y la recreación de un mundo perfilado entre la realidad y la maravilla me cautivaron por completo. Hasta entonces había leído novelas románticas, decimonónicas, clásicas y juveniles que nada tenían que ver ni con el estilo ni con la temática de lo que estaba leyendo. Luego supe que a ese género se le denomina ‘realismo mágico’ y que cuando Isabel Allende publicó el libro, su primera novela, en 1982 esta categoría literaria ya se había desarrollado plenamente más de treinta años atrás.

'Birds! Birds!', Rob Gonsalves
Aunque existen muchos críticos que cuestionan el nivel literario de la novela, pienso que para mí fue muy positivo haber descubierto el realismo mágico con La casa de los espíritus. La agilidad del ritmo narrativo y la amenidad del argumento son más apropiadas para una adolescente que obras maestras como Pedro Páramo o Cien años de soledad. La efervescencia imaginativa de la novela de Isabel Allende espoleó mi fantasía y me mostró una dimensión literaria nueva y fascinante.  

La lectura de La casa de los espíritus fue el pasaporte que me condujo, mucho más tarde, al mítico mundo de Macondo y al sobrecogedor universo de Comala. Si ya la primera cata de realismo mágico me impactó, no quiero ni pensar en el efecto que me hubiesen producido el descubrimiento 'a pelo' de García Márquez y, sobretodo, de Rulfo.  Hubiera sido demoledor.

dimarts, 19 d’agost del 2014

Aquellas lecturas estivales IV: ‘Las mil y una noches’ ilustradas por Josep Narro



La lectura que traigo hoy desde el recuerdo me ha inspirado un sentimiento más reivindicativo que nostálgico. Por eso quiero empezar este comentario refiriéndome al responsable de tal emoción, el autor de las ilustraciones de las Mil y una noches publicada por editorial Nauta en 1968: Josep Narro. Es un pequeño tributo a un artista tan magnífico como olvidado, y se lo dedico a una ilustradora valiente y luchadora, Laia Codina (Cucatraca),  que ha apostado por dedicarse a este mundo capaz de abrir una de las varias puertas que nos conducen a la magia.
Los dos volúmenes de Las mil y una noches que ocupaban una de las estanterías del comedor de casa formaban parte de una colección de libros publicados por editorial Nauta. Eran dos elegantes ejemplares encuadernados en un símil de piel en color rojo, decorado con motivos dorados en la portada, lomo y contraportada. Sin embargo, lo más precioso de estos libros no era su apariencia, sino su interior en el que destacaban unos dibujos sugerentes e inspirados. En la época en qué leí esta obra aún no era consciente de la importancia de los ilustradores, empecé a apreciar su trabajo con los dibujos de María Pascual (por cierto, otra gran olvidada), pero, aun así,  esas imágenes me atrajeron al instante.
El autor de estos cautivadores dibujos fue Josep Narro, que firmaba como José Narro debido a la época que le tocó vivir.  Nació en Barcelona en 1902 y, según he averiguado gracias a la Enciclopèdia Catalana, se formó en esta ciudad y también en París. En los años treinta publicó sus trabajos en el semanario satírico L’Esquella de la Torratxa e ilustró obras infantiles y didácticas. Más adelante, tras la guerra civil, trabajó para el poeta y editor Josep Janés i Oliver y para la editorial Joventut. Pero en 1952 se exilió a México donde colaboró en varias revistas catalanas entre las que destaca Pont Blau, una revista cultural escrita en catalán que se publicó en este país hasta 1963. Narro vivió durante 4 décadas en la ciudad mexicana de Guadalajara, donde falleció en 1994.
El tiempo, la distancia y, sobretodo, las prioridades del voraz mercado se encargaron de borrar su nombre del recuerdo, y no ha sido hasta hace unos años que alguien se ha decidido a desempolvar la vida y la obra de Josep Narro. El artífice ha sido un destacado caricaturista, historietista y escritor mexicano que firma con el seudónimo de Rius, quien reivindica la figura del ilustrador en su libro El maestro Narro, publicado en 2010 en México, según he podido descubrir gracias a un artículo del historiador y escritor José M. Murià. El autor de El maestro Narro define al artista como “el mejor ilustrador de Iberoamérica”.  En este artículo se explica: José Narro, el gran ilustrador
Una de las muchas obras que ilustró fueron estos dos volúmenes de Las mil y una noches que hoy recuerdo, cuya lectura me transportó a un mundo exótico y mágico. Mucho más rico que las adaptaciones que, como la gran mayoría de niños, leí durante la infancia. 

Las mil y una noches es una recopilación de cuentos tradicionales de Oriente medio hilvanados a través de las historias de Sherezade, hija de un visir persa y, muy probablemente, inventora de los cliffhangers. Esta heroína oriental ideó un ingenioso sistema para evitar que el sultán siguiese desposando cada noche a una mujer a la que ejecutaba al día siguiente, resentido por la traición de su primera esposa. Con este fin, Scherezade se ofrece como esposa y, noche tras noche, cuenta una historia al sultán cuyo final es interrumpido por el amanecer. Deseoso de conocer el desenlace, el monarca va posponiendo la ejecución de su esposa  quien logra sobrevivir durante mil y una noches y  acaba convertida en reina.
A esta técnica se la denomina “relato enmarcado”, un recurso narrativo en el que los cuentos, en lugar de ser independientes, generan nuevas tramas que llevan de un relato a otro antes de que se conozca el desenlace del primero. 
Aunque existen muchas versiones de Las mil y una noches y hay bastante controversia en cuanto a su origen, según parece el núcleo de los cuentos lo constituye un antiguo libro persa llamado Hazâr afsâna («mil leyendas»). Esta obra recogería una serie de historias transmitidas oralmente, en las que se describe de forma fantástica la India, Persia, Siria, China y Egipto del siglo IX. Unos cuantos siglos más tarde, tras el éxito obtenido por el libro, se cree que algunos editores pudieron haber agregado algún relato a la obra original. 

Se dice que la historia que vertebra los cuentos, la de Scherezade, podría haber sido añadida en el siglo XIV. En cualquier caso, el sistema narrativo funciona y fluye de un cuento a otro con la destreza de una alfombra voladora. 


dimarts, 12 d’agost del 2014

Aquellas lecturas estivales III: ‘Sinuhé, el egipcio’, de Mika Waltari



Mis recuerdos de los primeros años de la década de los 80 están indisolublemente vinculados a novelas que me marcaron, y que evoco de una manera emocional y añorada. Su lectura me deparó momentos inolvidables que no he logrado experimentar con otros libros ya que, como los primeros amores, las primeras lecturas jamás se olvidan.  

Entre estos primeros libros se encuentra (además de Quo Vadis?  y  Las aventuras de Tom Sawyer , de los cuales ya he hablado) la novela más famosa del escritor finlandés Mika Waltari: Sinuhé, el egipcio.  Mi madre, que como ya he dicho fue mi primera prescriptora de lecturas, me había hablado de ella, y, puesto que por esa época mi interés hacia la historia ya se había manifestado, enseguida me animé a leerla. Al igual que con Quo Vadis?,  mi lugar de aprovisionamiento fue el mueble del comedor en una de cuyas estanterías se hallaba la mítica colección Reno, entre cuyos títulos se encontraba el de la famosa novela de Waltari.

Fue durante las vacaciones de verano de mi primer año de instituto, y su lectura me regaló unos días evocadores e instructivos, en los que mi mente se trasladó al reinado del peculiar faraón Akenaton, a la Creta minoica, y al legendario Imperio Babilónico. El protagonista, un médico de origen humilde llamado Sinuhé (Sinuel, egipcio, según mi hermano Raül que por entonces tendría 8 años), narra su agitada y aventurera vida, que transcurre durante los reinados de los últimos faraones de la dinastía XVIII de Egipto, aunque la mayor parte del argumento se centra en el gobierno del ‘hereje’ Amenofis IV, más conocido como Akenatón, junto a su esposa Nefertiti o, lo que es lo mismo, ‘la bella ha llegado’. La novela recrea con precisión la forma de vida en esa época histórica, la del pueblo y la de la realeza, incluso la de civilizaciones coetáneas como la de los hititas, la de los cretenses y la de los babilonios.

Sinuhé, el egipcio fue el resorte que me llevó a investigar sobre el Antiguo Egipto en viejos volúmenes de la biblioteca de mi barrio, la Ignasi Iglésias. Este equipamiento hoy se ubica en el edificio de la antigua fábrica de hilaturas Fabra i Coats,  pero por aquél entonces aún estaba en su emplazamiento original, en el segundo piso del ayuntamiento de Sant Andreu de Palomar. Lo que ahora hubiese hecho a través del google lo hice entonces durante muchas mañanas de sábado, hojeando y tomando apuntes de libros sobre arqueología e historia del Egipto faraónico. Más adelante, puesto que la fiebre egiptóloga me duró bastante, tomé prestados de los estantes de mi abuelo colecciones sobre antiguas culturas que devoré con fruición.

Cualquier persona interesada en la antigüedad apreciará el magnífico trabajo que hizo Mika Waltari para recrear con preciosismo el período histórico de Egipto conocido como Imperio Nuevo. Una labor que no sólo vuelve a la vida a personajes históricos, sino que nos muestra los pormenores de una civilización, unos hechos y unas creencias que tuvieron lugar hace más de tres mil años. Un mundo lejano en el tiempo, pero inquietantemente cercano en cuanto a intrigas, intereses y política. 

Egyptian chess players - Sir Lawrence Alma-Tadema

dijous, 31 de juliol del 2014

Aquellas lecturas estivales II: ‘Las aventuras de Tom Sawyer’, de Mark Twain


Durante muchos años he estado convencida de que la primera novela que leí fue Quo Vadis? (de hecho lo digo en la entrada anterior), cuando en realidad no fue así. Me explico…

Hace ya bastante tiempo se produjo un curioso fenómeno consistente en que ciertas novelas, publicadas en su día para un público adulto, acabaran por formar parte de colecciones juveniles. Fue el caso de La llamada de lo salvaje, de Jack London; Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas; La máquina del tiempo, de H.G. Wells,  El escarabajo de oro, de Edgar A. Poe, y prácticamente toda la obra de Jules Verne, por citar sólo algunos.

Debido a su temática aventurera o fantasiosa, a estos libros se les ha colgado la etiqueta de ‘juveniles’ algo que, por supuesto, no les resta identidad como novelas. Pero en esa época para mí tan sólo los libros que no formaban parte de colecciones juveniles eran 'auténticas' novelas. Por algo se diferenciaban de los otros volúmenes con una encuadernación y una temática más de ‘mayor', pensaba. Así, durante mucho tiempo, no fui consciente de que, en realidad, la primera novela que leí fue Las aventuras de Tom Sawyer.

Al primer intento no lo conseguí. El bonito volumen cuyas tapas estaban ilustradas con una imagen del protagonista en su entorno rural y evocador no consiguió atraparme. Quizás no fue el momento adecuado porque, no mucho después, en casa de mis abuelos descubrí un ejemplar destartalado y amarillento del mismo libro y ese sí, ese me cautivó.

Aún no sé si el libro pertenecía a mi madre o a alguno de mis tíos, porque era mucho más antiguo que el que tenía en casa, pero la cuestión es que sólo bastaron un par de páginas para que me dejara llevar por esa fascinante lectura. A pesar de que la época, la localización y las motivaciones del protagonista nada tuviesen que ver conmigo, sus desventuras y sus afanes conectaron con los míos. Y no sólo con los míos. Al acabar la novela quedé tan entusiasmada que se la recomendé a mi hermano Jordi quien también disfrutó y la recuerda con tanto cariño como yo. 

Muchos, pero muchos años más tarde, durante mi época de librera, continué recomendando este libro a jóvenes lectores. Ninguno quedó defraudado. El inquieto y astuto huérfano logra aún transmitir con sus percances esa pasión por la vida que hace que valoremos hasta lo más insignificante. Ese pequeño universo suyo conecta con otros mundos muy alejados de su entorno rural junto al Misisipi y, sin embargo, los desvelos de ese niño son los mismos que nos sacuden hoy. Como el río, el tiempo fluye y nos erosiona por fuera. Pero, por dentro, seguimos siendo Tom, Becky o Huckleberry.   

dijous, 24 de juliol del 2014

Aquellas lecturas estivales I: ‘Quo Vadis?’, de Henryk Sienkiewicz



El verano de 1982 guarda un espacio especial en mi memoria, no porque fuese el año del Mundial de futbol ni porque televisivamente fue azul, sino porque en ese año finalicé EGB, dejando atrás el colegio para encarar una nueva etapa de estudios en el instituto. Pero si recuerdo con entrañable cariño esta fecha no es sólo por esto, sino porque fue cuando leí mi primera novela.

Hasta entonces, además de cómics de Astérix, tebeos de Mortadelo e historietas de Esther, mis lecturas habían sido básicamente las de la famosa Colección Historias Selección, de la desaparecida editorial Bruguera. Así pues, en lugar de coger una de las adaptaciones de de aquella serie que ocupaba varias estanterías de mi dormitorio, me dirigí al enorme mueble del comedor de casa y tomé una novela.

La escogida fue Quo Vadis?, del autor polaco Henryk Sienkiewicz quien, en 1905, había sido galardonado con el Nobel de Literatura. La elección se debió principalmente a dos motivos: el primero, porque me lo recomendó mi madre (por entonces mi referente lector junto con mi abuelo); y el segundo, porque estaba ambientada en época romana, un período histórico que siempre me ha fascinado (supongo que Astérix tuvo algo que ver, junto con la serie Yo, Claudio y una visita a Empúries durante unas vacaciones en Platja d’Aro).

La novela estaba dividida en dos volúmenes que formaban parte de una colección de las que se consideran ‘lujosamente encuadernada’, con tapas color granate adornadas con filigranas doradas. Aunque lo que a mí más me llamó la atención fueron las preciosas ilustraciones, unas imágenes bellísimas y muy detalladas, reproducidas en blanco y negro. Aquel descubrimiento fue el umbral que me condujo a  unos días soñadores e imaginativos, en los que mi mente volaba hacia la lejana Roma Imperial.

Algo que me impresionó mucho, tanto que durante años me obligó a hacer relecturas de fragmentos, fue la exquisita forma en que está escrita la novela. El primer capítulo, que arranca con el despertar de Petronio, escritor y político romano, describe de una manera tan preciosista y hermosa las costumbres y los escenarios que ya me dejó encandilada. A partir de ahí sólo fue cuestión de dejarse llevar por la trama. En realidad una historia de amor entre un patricio y una esclava, o lo que es peor: entre un pagano y una cristiana.

Para mí lo más valioso de la novela es el poder evocador del autor para hacer revivir la Roma de Nerón con sus oropeles y sus fastos pero, también, con sus mezquindades y sus carencias. El friso de personajes que desfilan por sus páginas es un muestrario completo de la ruindad y de la grandeza humana, lo que demuestra que los logros y los males de la sociedad son producto únicamente de las personas.  

Quo Vadis?  tiene, lógicamente, un gran componente didáctico pero lo que a mí me subyugó fue la belleza casi palpable de sus letras. Posteriormente vi la adaptación cinematográfica más conocida, la protagonizada por Deborah Kerr, y me decepcionó un poco porque no pude ver la misma hermosura, la misma exuberancia literaria, ni la riqueza de contenidos que transmite la novela.

dijous, 10 d’abril del 2014

Tals dies com aquells

Al jardi de davant, molts anys abans del que explico
L’època de l’any que acull la Setmana Santa és el període que més m’agrada del calendari. Tot i que la meva fal·lera no té cap relació amb la commemoració religiosa, sí que hi té a veure el fet que aquests dies siguin festius. Perquè la meva passió té el seu origen en els meus temps d’estudiant, quan podia gaudir d’una setmana de vacances que em permetien fondejar en aquest lapse temporal i gaudir-ne. 

Llavors, els meus pares encara conservaven la caseta situada a la urbanització de Mas d’en Gall, a Esparraguera, on estiuejàvem i passàvem els caps de setmana. Es tractava d’una vivenda petita, de només dues habitacions, que ens empenyia enfora, cap al jardí o cap al porxo, on trobàvem l’escalf d’uns raigs primaverals que acolorien les plantes amb una lluïssor acabada d’estrenar.

A diferència del que passava a Barcelona, allà les hores avançaven més a poc a poc. Els intervals entre els àpats eren un parèntesi tan ampli que feina tenies per omplir-los. I són, precisament, aquells lapses temporals els que ara, trenta anys més tard, em provoquen enyorança. Però és una nostàlgia de sensacions, més que no pas de fets. Enyor de sentir com la realitat s’esvania i es fonia amb la ficció amb què omplia el meu oci. De intuir en l’ambient una consistència diferent a l’habitual en tot allò que m’envoltava. Crec que mai com llavors he experimentat d’una manera tan intensa el poder que té la imaginació per influir en la percepció de l’entorn.

'Los últimos días de Pompeya' (1984)
Mentre travessava el jardí allargassat de la part de darrera de la casa, em semblava que recorria els vergers d’una de les vil·les romanes de la nova sèrie que feien a la televisió: Los últimos días de Pompeya. Ja feia uns anys que el món clàssic i el gènere péplum em tenien el cor robat. El primer en seduir-me va ser l’Astèrix; després, vaig caure en braços de Yo, Claudio fins que, finalment, vaig acabar de formalitzar i consolidar la meva relació amb les novel·les i pel·lícules Quo Vadis, Ben-Hur, Rey Jesús, Espartaco, Juliano el apóstata, entre moltes d’altres. 

Així, mentre deixava enrere el cirerer florit del veí, que abocava les seves branques encotonades per la barana que ens separava, jo tenia la impressió que es tractava d’un dels pilars que formaven la columnata d’un gran peristil. Llavors la meva ment s’oblidava de la cronologia real, seduïda pel caràcter atemporal de l’indret, i volava cap als jardins pompeians o cap el desert de Judea que recreava una altra sèrie d’aquells anys: Masada.


Ara que disposo de menys temps trobo a faltar aquella sensació d’evasió. Tot i que, de vegades, sóc capaç de retrobar-la perquè tinc la fortuna de viure envoltada de turons, i gairebé a tocar del mar. Així, en dies com aquests, de llum i brots d’estiu, quan les flors s’arrisquen a acolorir la gespa i les branques dels arbres, veig com em tornen aquelles emocions. Ja no fan aquelles sèries ni llegeixo els mateixos llibres i, no obstant això, em sembla que tampoc he canviat gaire. Encara puc notar aquella consistència en l’aire i sentir com l’empremta del passat es desperta d’un son mil·lenari. Tals dies com aquells, és quan sóc com llavors.

dilluns, 16 de setembre del 2013

Contigo en la memoria



Hoy me he despertado en aquella habitación de tu piso. Lo primero que he visto ha sido la puerta, justo a los pies de la cama. Luego, la ventana. Un modesto fulgor atravesaba, indeciso, los visillos. La finura de la tela apenas minimizaba la minúscula claridad del exterior. Quizás porque su función siempre fue más ocultar la visión del hueco del ascensor, al otro lado de los cristales, que impedir la escasa entrada de la luz. 

Al volverme hacia la pared opuesta, he visto ese armario tan grande o, al menos, así me lo ha parecido a mí desde la proyección de mi recuerdo.Después, me he fijado en la mesilla de noche y allí estaba aquella vieja radio que ya no funciona. Un impulso antiguo me ha empujado a incorporarme entonces. Como tantas veces antes que esta, he vuelto a acuclillarme junto a la mesilla, impelida por el mismo hábito que me movía en la niñez,  y he tomado con cuidado la caja de música. Me he sentado sobre el colchón, con ella en el regazo y, antes de abrirla, he acariciado los finos relieves de la madera. Después, la he abierto. Rac-rac-rac, he girado la manecilla para darle cuerda y, al soltarla, han comenzado a sonar unas notas quebradizas. El tintineo de la melodía se ha instalado en el ambiente como un trozo de sueño, de este sueño mío de estar en esta habitación tuya. Prendida en la armonía de ese instante, puede que haya sabido que era eso la eternidad. Y allí, en el infinito, justo al caer de la última nota, te he oído venir. 

La puerta corrediza estaba, como siempre, desplazada y desde la abertura se veía la pared del pasillo y las  baldosas octogonales de color terroso. Entonces te has asomado y me has mirado sin asombro. Como si ya supieras que yo estaba allí.  Llevabas esa bata de color morado y el pelo gris, un poco encrespado. Tan delgada como siempre y feliz, también como siempre, de verme. Cuando me he levantado para saludarte, tu humor, peculiar y a veces hasta absurdo, ha sido el primero en saludarme: ‘¡que pisas un sapo!’. Yo he sonreído y me he dado cuenta entonces de lo mucho que he añorado tu voz. ‘¡Venga, que ya han pasado las burras de leche!’ has añadido, y yo he sabido entonces cuánto puede encerrarse en una expresión.

Te he seguido, una vez más, por el pasillo, ese largo corredor que vertebra tu casa. Los muebles, y hasta las paredes, volvían a tener tu huella. Un rastro de vivencias y memorias que a mí me gustaba descubrir. Una vez en la cocina, he vuelto a ayudarte a preparar el desayuno. Mientras tu hacías café, yo he puesto en cada taza un par de cucharadas de leche condensada que he diluido en  agua caliente, tal y como me enseñaste. Después, cuando la cafetera ha borboteado, llenando el aire de ese olor a bienestar, has vertido en las tazas un chorro denso y oscuro. 

Nos hemos sentado en la mesita como solíamos, tú y yo frente a frente. Para no variar, he preferido tomar un trozo de pan del día anterior, como haces tú, en lugar de unas magdalenas. Porque en ese mendrugo me siento aún más unida a ti. En tu sencillez de antigua campesina, en la frugalidad de unos tiempos que yo sólo he vivido a través de tus historias. ‘Yaya, cuéntame cosas de tu pueblo’, he vuelto a pedirte una vez más. Y tú, complacida, has rememorado de nuevo aquellas anécdotas de ‘cuando eras chica’.

Hoy me he despertado contigo en la memoria. Porque hace tanto que ya no estás… Pero cada día me siento más como tú, apegada a mis recuerdos y feliz en la nostalgia. A veces, para sentirme mejor, yo misma me explico tus historias y entonces me parece que voy a abrir los ojos y a despertar, una vez más, en esa habitación. 

diumenge, 9 de setembre del 2012

'CAFÈ BALCÀNIC', de FRANCESC MIRALLES

A la seva obra Llibre del desassossec Fernando Pessoa va escriure: "Els viatges són els viatgers. Allò que veiem no és el què veiem, sinó allò que som". Una reflexió que es manifesta de manera molt clara a Cafè Balcànic, un periple en què es projecta la propia essència del viatge: reconeixer-nos en la mirada que atorgem a cada lloc, a cada passa.

El recorregut que fa l’autor, Francesc Miralles, és un desplaçament que aplega temps i espai, però també persones. Es tracta d'individus que ens ajuden a descobrir el paisatge i a veure’l amb uns altres ulls. I en aquest trajecte el món es perfila com un petit univers, tan allunyat del nostre que ens fa qüestionar-nos si nosaltres també som els mateixos.

A Café Balcànic es reflecteix perfectament quin és l'efecte del viatge, la transformació que ens envaeix quan deixem enrera els nostres racons coneguts. Llavors, les conviccions, els costums i les referències se’ns trastoquen per donar pas a l’heterònim que signi el nostre quadern de viatge. Aquesta és la gran virtud de l’autor: fer-nos veure que és possible el descobriment, no d’uns altres mons, sinó d’uns altres ‘jo’. Aconseguir que ens adonem que el sentit últim del periple és reconeixer-nos en la nostra multiplicitat. Saber que  també la vida és un viatge i que mai és tard per descobrir-nos.

L’aparent senzillesa amb què Francesc Miralles descriu els seus viatges és el bitllet d’anada a una lectura engrescadora. I, un cop embarcat en l’aventura balcànica, ja és impossible fer-se enrera. La capacitat evocadora d’uns temps convulsos (els dels anys finals de Iugoslàvia amb tots els seus conflictes) i la riquesa anecdòtica amb què farceix el text ho impedeixen. Apurarem el cafè i és possible que el més intuitius puguin llegir el seu futur en el pòsit.

Llegint Cafè Balcànic es té la sensació que el seu autor, i torno a citar a Pessoa, "Ja ha vist tot el que encara no ha vist". 

Podeu llegir un fragment del llibre aquí: ¿Por qué viajamos?

dilluns, 18 de juny del 2012

'DESCUBRIENDO EL CORAZÓN DE LA TIERRA', d'ISABEL RODRÍGUEZ VILA


Vaig conèixer a Isabel Rodríguez quan va venir a la biblioteca Ilturo, de Cabrera de Mar, per presentar el seu darrer llibre, Descubriendo el corazón de la Tierra, siete lugares cambiaron mi chip, editat per Plataforma Editorial.

En escoltar-la, em va captivar la manera en què explicava les seves experiències al llarg de molts anys de viatjar pel món i d'ajudar a persones mancades de tantíssimes coses. Em va atraure la manera tendra, impregnada d'amor, amb què parlava d'aquelles cultures. Lluny de centrar-se en les seves mancances materials, en el patiment, la desigualtat i tantes altres penúries, l'Isabel oferia una visió enriquidora d'aquelles gents i les seves possessions molt menys tangibles. Persones que han sabut mantenir una saviesa ancestral, un equilibri sa amb el seu entorn preservant-se, d'aquesta manera, de tots els mals que afecten al nostre primer món.

En llegir el seu llibre, Descubriendo el corazón de la tierra, he percebut aquest respecte cap a uns éssers humans que han sabut mantenir la seva essència. Al llarg dels set relats que expliquen els set respectius viatges a diferents països, Isabel deixa notar una humilitat molt lúcida que apunta a un estil de vida molt més ple i feliç. Una senzillesa que ens hagués evitat el desastre a tots nivells, ecològic, econòmic, social... al que ens adrecem.

Però, a banda de la reflexió que poguem extreure de la lectura, també podem gaudir amb les detallades descripcions que ofereix sobre llocs, costums, menjars, vestits... La exhuberant natura del Brasil, la magnitud aclaparadora dels paisatges australians o la riquesa cultural i natural de l'Àfrica, són alguns dels escenaris que es retraten a l'obra.

Aquest és el segon llibre d'Isabel Rodríguez Vila, el primer va ser Goundi, unas vacaciones diferentes, també editat per Plataforma Editorial. Els drets i beneficis obtinguts d'aquestes publicacions van destinats a l'Associació Misión y desarrollo para Goundi, de la que Isabel és vicepresidenta.

Podeu llegir una entrevista que li vaig fer a la revista La Clau, págines 36 i 37: Entrevista Isabel Rodríguez Vila.


dijous, 22 de setembre del 2011

Fragment de 'LES BAULES LES POSA EL TEMPS'


1930

Va deixar enrera carrers sense asfaltar, camps de cereals, històries tèrboles i mirades esquives. Va deixar també la mort, arrecerada encara als llits que el mateix rebien que acomiadaven la vida. Va deixar els animals, les bèsties de càrrega i les de corral, va deixar la senzilla escola i les quadres, la síndries i el pa que duia a coure amb la germana. Va deixar moltes coses quan va sortir d’aquell poble, però es va endur el record.

Molts anys més tard, a la taula plegable de la cuina o enmig de qualsevol dinar familiar, el record tornava. De vegades, els néts el provocaven, asseguts a les butaques vermelles del menjador li demanaven que parlés d’aquells dies. Llavors, ella confegia una evocació precisa que els néts imaginaven enterbolida per la imaginació.

El dia que va deixar el seu poble va ser en un acte de rebel•lia contra el propi destí. Contra la tradició que havia lligat la seva família a les terres, als torns infatigables de sembrar i de collir, a la fortuna voluble que els feia dependre del temps o de la salut perquè no sempre Déu proveïa.

Si va ser Déu qui no va voler proveir de salut els seu pares, o si va ser la fortuna, no es podia saber. Però tots dos van ser enduts per la mateixa crida que va deixar en la casa una absència fonda, que encara es va fer més pregona en el seu cor. Anys i més anys resaria a diari pel repòs de les seves ànimes a un Déu en qui creia per costum. I quan ja no es recordava de resar, quan no podia recordar ni tan sols el nom dels seus fills, la paraula que va dir, en demanar-li el metge que digués el primer mot que se li acudís, va ser “mare”.

Al poble hi van quedar els germans i l’àvia. Aquesta darrera va ser, possiblement, la persona a qui més li va costar deixar i a qui més trobava a faltar. En parlava sovint, s’havia instal•lat a la seva memòria i sorgia cada cop que parlava als nens sobre la seva infantesa. Era qui condescendia amb les seves inquietuts de nena gelosa, qui posava la paciència que li mancava a la mare i era, sobretot, la bondat. Va haver de sobreviure a la mort de tots els fills, la majoria de petits, el darrer va ser el seu pare.

Llavors ella va marxar. Tenia quinze anys i, per tant, poca experiència en la vida, només el convenciment que aquells camps eixuts i inexhauribles no eren el lloc on ella hi volia estar. El sòl voraç que engoleix el temps dels pagesos no era el seu destí, perquè el seu destí corria paral•lel al mar. Però, ella això encara no ho sabia. Ni tant sols havia vist el mar.

Al principi no es va allunyar gaire d’aquell entorn secà i una mica agrest. Només va apropar-se a la ciutat. Als carrers empedrats i a les cases de veïns, a l’aqüeducte i als perfils urbans de la seva nova vida. Cosia i ajudava la mestressa de la casa on s’allotjava. També d’això en parlaria als néts.

Va ser l’any de la Segona República, quan García Lorca creava el grup de teatre universitari “La Barraca” i Dalí pintava rellotges tous. Els temps en què les dones van començar a votar, el de “la Generación del 27” i el del Surrealisme. Però ella vivia aquests fets com si no li pertanyessin, més propera a les cançons d’Imperio Argentina que taral•lejava fent feina i que cantava al nen de la casa.

Mentre la República s’acostava al temps de la traïdoria, ella s’acostava a Madrid. Un nou impuls la va empènyer malgrat els dies feliços, els consells de la dona i el riure del petit. La ciutat no tenia cap dels trets cosmopolites que s’esperen d’una capital. Arrossegava encara els defectes covats en patis de veïns i la mentalitat provinciana que novel•les de l’època ja havien reflectit. Però a ella li semblava un altre món, un espai fascinant de senyors ben vestits que res tenien a veure ni en maneres ni en aspecte a aquells camperols que havia deixat enrere. Ni boines, ni espardenyes, ni pells aspres de plecs fondos, ni trenes gruixudes, ni boques sense dents. Tot era flonjo i suau en aquell univers dels “señoritos “ des de la seva mirada que encara arrossegava l’emprempta del camp. (...)