dijous, 31 de juliol de 2014

Aquellas lecturas estivales II: ‘Las aventuras de Tom Sawyer’, de Mark Twain


Durante muchos años he estado convencida de que la primera novela que leí fue Quo Vadis? (de hecho lo digo en la entrada anterior), cuando en realidad no fue así. Me explico…

Hace ya bastante tiempo se produjo un curioso fenómeno consistente en que ciertas novelas, publicadas en su día para un público adulto, acabaran por formar parte de colecciones juveniles. Fue el caso de La llamada de lo salvaje, de Jack London; Robinson Crusoe, de Daniel Defoe; Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas; La máquina del tiempo, de H.G. Wells,  El escarabajo de oro, de Edgar A. Poe, y prácticamente toda la obra de Jules Verne, por citar sólo algunos.

Debido a su temática aventurera o fantasiosa, a estos libros se les ha colgado la etiqueta de ‘juveniles’ algo que, por supuesto, no les resta identidad como novelas. Pero en esa época para mí tan sólo los libros que no formaban parte de colecciones juveniles eran 'auténticas' novelas. Por algo se diferenciaban de los otros volúmenes con una encuadernación y una temática más de ‘mayor', pensaba. Así, durante mucho tiempo, no fui consciente de que, en realidad, la primera novela que leí fue Las aventuras de Tom Sawyer.

Al primer intento no lo conseguí. El bonito volumen cuyas tapas estaban ilustradas con una imagen del protagonista en su entorno rural y evocador no consiguió atraparme. Quizás no fue el momento adecuado porque, no mucho después, en casa de mis abuelos descubrí un ejemplar destartalado y amarillento del mismo libro y ese sí, ese me cautivó.

Aún no sé si el libro pertenecía a mi madre o a alguno de mis tíos, porque era mucho más antiguo que el que tenía en casa, pero la cuestión es que sólo bastaron un par de páginas para que me dejara llevar por esa fascinante lectura. A pesar de que la época, la localización y las motivaciones del protagonista nada tuviesen que ver conmigo, sus desventuras y sus afanes conectaron con los míos. Y no sólo con los míos. Al acabar la novela quedé tan entusiasmada que se la recomendé a mi hermano Jordi quien también disfrutó y la recuerda con tanto cariño como yo. 

Muchos, pero muchos años más tarde, durante mi época de librera, continué recomendando este libro a jóvenes lectores. Ninguno quedó defraudado. El inquieto y astuto huérfano logra aún transmitir con sus percances esa pasión por la vida que hace que valoremos hasta lo más insignificante. Ese pequeño universo suyo conecta con otros mundos muy alejados de su entorno rural junto al Misisipi y, sin embargo, los desvelos de ese niño son los mismos que nos sacuden hoy. Como el río, el tiempo fluye y nos erosiona por fuera. Pero, por dentro, seguimos siendo Tom, Becky o Huckleberry.   

dijous, 24 de juliol de 2014

Aquellas lecturas estivales I: ‘Quo Vadis?’, de Henryk Sienkiewicz



El verano de 1982 guarda un espacio especial en mi memoria, no porque fuese el año del Mundial de futbol ni porque televisivamente fue azul, sino porque en ese año finalicé EGB, dejando atrás el colegio para encarar una nueva etapa de estudios en el instituto. Pero si recuerdo con entrañable cariño esta fecha no es sólo por esto, sino porque fue cuando leí mi primera novela.

Hasta entonces, además de cómics de Astérix, tebeos de Mortadelo e historietas de Esther, mis lecturas habían sido básicamente las de la famosa Colección Historias Selección, de la desaparecida editorial Bruguera. Así pues, en lugar de coger una de las adaptaciones de de aquella serie que ocupaba varias estanterías de mi dormitorio, me dirigí al enorme mueble del comedor de casa y tomé una novela.

La escogida fue Quo Vadis?, del autor polaco Henryk Sienkiewicz quien, en 1905, había sido galardonado con el Nobel de Literatura. La elección se debió principalmente a dos motivos: el primero, porque me lo recomendó mi madre (por entonces mi referente lector junto con mi abuelo); y el segundo, porque estaba ambientada en época romana, un período histórico que siempre me ha fascinado (supongo que Astérix tuvo algo que ver, junto con la serie Yo, Claudio y una visita a Empúries durante unas vacaciones en Platja d’Aro).

La novela estaba dividida en dos volúmenes que formaban parte de una colección de las que se consideran ‘lujosamente encuadernada’, con tapas color granate adornadas con filigranas doradas. Aunque lo que a mí más me llamó la atención fueron las preciosas ilustraciones, unas imágenes bellísimas y muy detalladas, reproducidas en blanco y negro. Aquel descubrimiento fue el umbral que me condujo a  unos días soñadores e imaginativos, en los que mi mente volaba hacia la lejana Roma Imperial.

Algo que me impresionó mucho, tanto que durante años me obligó a hacer relecturas de fragmentos, fue la exquisita forma en que está escrita la novela. El primer capítulo, que arranca con el despertar de Petronio, escritor y político romano, describe de una manera tan preciosista y hermosa las costumbres y los escenarios que ya me dejó encandilada. A partir de ahí sólo fue cuestión de dejarse llevar por la trama. En realidad una historia de amor entre un patricio y una esclava, o lo que es peor: entre un pagano y una cristiana.

Para mí lo más valioso de la novela es el poder evocador del autor para hacer revivir la Roma de Nerón con sus oropeles y sus fastos pero, también, con sus mezquindades y sus carencias. El friso de personajes que desfilan por sus páginas es un muestrario completo de la ruindad y de la grandeza humana, lo que demuestra que los logros y los males de la sociedad son producto únicamente de las personas.  

Quo Vadis?  tiene, lógicamente, un gran componente didáctico pero lo que a mí me subyugó fue la belleza casi palpable de sus letras. Posteriormente vi la adaptación cinematográfica más conocida, la protagonizada por Deborah Kerr, y me decepcionó un poco porque no pude ver la misma hermosura, la misma exuberancia literaria, ni la riqueza de contenidos que transmite la novela.

dimarts, 1 de juliol de 2014

‘MACBETH’, de WILLIAM SHAKESPEARE


Aquesta obra, escrita pel que està considerat com el més gran escriptor en llengua anglesa, és anomenada per la gent de teatre ‘la tragèdia escocesa’ o ‘la innombrable’. I és que l’univers teatral està molt influenciat per les supersticions: el groc és un color proscrit; xiular, enviar clavells o teixir dins un camerino atreu la desgràcia, desitjar sort és un mal averany... 

Però, a més de totes aquestes aprensions hi ha una sèrie d’obres que es consideren maleïdes, d’entre les quals destaca Macbeth. Curiosament, jo em vaig assabentar a través d’un episodi de L’escurçó negre, titulat Sensibilitat i senilitat, en què apareixen dos actors que cada cop que es diu el nom de l’obra han de conjurar-lo amb una mena de ritual força ridícul. De fet, tot el capítol és una sàtira a la petulància i envaniment dels actors.


Aquesta brillant sèrie, protagonitzada per l’actor i guionista britànic Rowan Atkinson, introdueix nombroses referències a obres de Shakespeare. De ‘l’obra escocesa’ ja al primer episodi en fan una paròdia quan al protagonista li apareix el rei a qui ha matat (tot i que en aquest cas ha estat de manera involuntària i no com a la tragèdia innombrable) i, més endavant, unes bruixes li profetitzen, com a Macbeth, que serà rei.

A banda de sàtires i paròdies, el que està clar és que l’obra de Shakespeare continua mantenint la seva vigència malgrat el pas del temps. La recreació que fa de l’ambició, la manca d’escrúpols i l’ànsia de poder és un retrat de la part més fosca de l’ànima humana. Però no només això, sinó que és capaç de construir amb paraules aquesta foscor. Els monòlegs i les interpel·lacions, especialment les de Lady Macbeth, són tan esfereïdores que ni tan sols la bellesa del llenguatge (per cert, excel·lent feina la del traductor, Salvador Oliva) pot apaivagar el desassossec que provoquen.

Potser el realisme que transpira va ser el culpable que l’obra s’endugués la fama de maleïda. Hi ha qui diu que el motiu és que el propi autor va introduir conjurs i malediccions veritables dins del tex, d’altres asseguren que és degut a què a les bruixes de debò no els va agradar com les mostra i que, per això, van maleir-la. 


Sigui com sigui, sembla ser que la mala fortuna va començar el mateix dia de l’estrena, el 1606, quan l’actor que feia de Lady Macbeth (en aquells temps les dones no podien actuar) va emmalaltir de cop i va morir entre bastidors. Uns anys més tard, a Holanda, el protagonista de l’obra va canviar la daga falsa per una de real i va matar l’actor que feia de Duncan. Fins i tot Laurence Olivier i Charlton Heston van tenir ensurts quan l’interpretaven. El 1937 un contrapès gairebé esclafa l’actor britànic en caure damunt de l’escenar, i el 1953 una ràfega de vent que tirava fum i flames cap al públic durant l’escena de l’assalt final al castell va provocar cremades en les cames de Heston, perquè les seves malles havien estat salpicades de querosè accidentalment. 

El geni de Shakespeare ha aconseguit torbar, més enllà de les pàgines, els sentiments dels lectors. Una força literària tan potent que ha esperonat les pors fins a crear tota una maledicció.